martes, 25 de noviembre de 2008

Haist

Para mis pocos lectores, dejo un fragmento, público por primera vez, de lo que está resultando el ya medio famoso "libro" que me traigo entre manos con Santi. El fragmento corresponde a un relato que ocurre antes de la historia principal, en el que un emperador, Beram, desesperado, recurre a su últma oportunidad para vencer a una especia de Reina del Mal, llamada Lady Anny. Espero que os guste y que dejéis vuestros comentarios. Es normal que no os enteréis demasiado de que va el tema, pero me podeis dejar un comentario y yo lo responderé. Gracias una vez más y saludos a todos (Este fragmento lo he escrito yo, no cuelgo nada escrito por Santi porque no tengo su consentimiento).




"CAPÍTULO 4 DE LA GUERRA DE LOS CUATRO
HAIST

Abre el portón, y este te llevará a un mundo dónde, dando un poco de tu fe, podrás cumplir todos tus sueños, conseguir lo que más desees,  y morir cuando quieras.

Al principio dudó un poco, pero tras las palabras del dios, no pudo resistirse a la tentación. Ni siquiera se cuestiono porque le invadía la curiosidad; después de todo,  ya lo había visitado anteriormente, y no le había parecido nada agradable. La zona que había visto, era un vasto valle, entre dos cordilleras, que parecía extenderse más allá del horizonte.  Apenas había vegetación, era una zona desértica teñida de rojo, en la que la vida parecía inexistente. Más allá de las cordilleras, la escena se repetía. Este extraño continente, alejando del mundo real, era conocido como el Haist; lugar al que iban todas aquellas almas que no se habían ganado la recompensa de vivir eternamente en el Valks, el paraíso divino.

Antes de colocar su mano sobre el tablón de piedra, que ejercía de llave sobre el portón, vaciló unos instantes, miró al gran dios Zalem, y añadió:

-          - Si me arrepiento, sabes que tendré poder suficiente como para eliminarte, a ti y a todos los que te siguen.

-          - Tú eres uno de mis fieles.

-          - Pues en ese caso ya tendré la última víctima de mi lista.

Zalem se limitó a sonreír. Pocos eran los que se podían resistir al poder que ejercía el Haist sobre la mente de todo ser que aceptase la unión a las fuerzas oscuras, y los que lo conseguían, acababan suicidándose a causa del tormento que ello les causaba.

Beram se dispuso a poner la mano sobre la piedra. Si ese era el único modo de detener a Lady Anny, estaba dispuesto a hacerlo. Su vida no valía más que la de las miles criaturas que estaba aniquilando a su paso. La luz comenzó a tornarse tenue. En la armadura de plata se reflejaban las siniestras curvas que mostraba el grandioso portón. Se hizo un gran silencio; tan solo se percibía la rápida respiración del Paladín y la suave ventisca que corría incansablemente por la cordillera de las Atlas. De repente surgió un destello de la llave, y Beram se alzó en el aire. Empezó a temblar y  sintió como poco a poco, su mente se iba dividiendo en dos. La maldad y la oscuridad le estaban invadiendo hasta la última parte de su cuerpo. No pudo resistir gritar y entonces de él se desprendió un enorme campo de fuerza que fue capaz de desmembrar al dios que se hallaba contemplándolo. Cuando Beram cayó al suelo, de él surgía un leve escudo de fuego. Mientras jadeaba, observó como Zalem se recomponía de sus heridas y en un santiamén volvió a tener brazos y piernas.

-          - Es increíble el potencial que desprendes.

-          - Cállate, no hago esto por ti. Lo hago por Anaroth.

-          - ¿Seguro? – Silenció durante unos instantes la conversación - ¿No es que quieres demostrar al mundo que eres más fuerte que Ann?

-          - No. Quiero vencer a esa zorra y eliminarla de la faz de Noah para siempre.

-          - Formula tus deseos antes de entrar. Recuerda que cuanto más pidas, más tendrás que dar.

Beram dio unos pasos hacía el portón, y este empezó a formar un torbellino de energía en el centro. Cuando la materia viscosa se quedó estable, Zalem le animó con un golpe en la espalda a que formulara sus deseos con el pensamiento. No era necesario pronunciarlos en voz alta, pues Razfram, dios Supremo de la Oscuridad, podía escuchar todas las voces de todos sus fieles. Beram se tomó su tiempo  para elegir cuidadosamente cada uno de ellos.

Siete fueron en total. Tal era la envergadura de sus deseos, que finalmente, el Haist le arrebató algo más que su fe. Su cuerpo se tornó de un color rojizo, lleno de heridas y cicatrices. Con dolorosos espasmos, sus músculos se fortalecieron, dándole una fuerza sobrehumana. La cara se le desfiguró y la voz se le transformó en una ronca y grave.

Arribaron al Haist y Beram no pudo contenerse en pie y cayó al suelo, gimiendo y retorciéndose de un lado para otro. Con la transformación, su bella armadura se quedó hecha añicos, pues el paladín había aumentado de tamaño considerablemente.

-          Es odiosa la avaricia humana, Beram. – El paladín continuaba quejándose. – Todos sois iguales, míseras ratas que creéis que podéis cambiar el mundo… unos simples mortales jamás podrán dominar el mundo como lo hacemos nosotros.

-          - Yo…. Ya tengo… mi…. im…. perio. Y me respetan...

-          - Eso ahora ya no importa. Lo que realmente debe importarte es que yo puedo ayudarte en lo que te plazca. A mí personalmente ya me has demostrado bastante. – Zalem le ayudó a levantarse – Podríamos empezar por conseguirte un arma y una armadura, para ocultar tus…. tu nuevo aspecto.

-          - Eso te lo agradecería.

Al oír las últimas palabras Zalem le propinó un puñetazo que lo levantó del suelo y lo desplazo unos metros más lejos.

-          - ¡Lo primero es no estar agradecido de nada! ¡Todo se consigue con esfuerzos y sacrificios! – Suspiró para relajarse – Solo que considero que después de todo vamos a formar un equipo, y tu no me vales para nada sin eso.

 

En el plano central nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo. Zalem estaba aumentando mucho su nuevo poder de influencia y eso no les iba a traer nada bueno.

-          - Debemos actuar de inmediato. Quedarnos observando como mueve sus fichas no va a solucionar nuestros problemas.

-          - Pero señor Arkamt – Replicó Amila – No podemos infringir las leyes divinas, no debemos entrometernos en las acciones humanas, sólo el cosmos puede decidir sobre ello.

-          - No podemos, salvo en este tipo de situaciones. Razfram se nos ha adelantado, no podemos permitir que siga adelante con su plan. ¿O acaso vamos a ignorar las plegarías de nuestros fieles?

Los dioses asintieron con la cabeza. Esta iba a ser la primera gran guerra para muchos de ellos, y tan solo la segunda que había vivido incluso en mismísimo Marendher.

-          - Jeladhil, Amila, Talas, Patros; convocad a vuestros Saidims, y comunicadles que preparen sus ejércitos. Yo por mi parte convocaré al mío y nos reuniremos con todas las tropas en el Claro de Shaggard, pasado mañana antes de que las lunas se alineen.

-          - Arkamt – Patros habló después de días de silencio – ¿Vamos a aparecer ante los humanos?

-          - Patros, Razfram ha convertido a Anny Dolth en su reina oscura. Todos sabemos lo que ello significa. Sólo nosotros podemos derrotarla. No se hable más. Retiraos.

-          - Supremo – Amila se acercó al gran dios mientras los demás iban desapareciendo hacía sus planos – Creo que también deberíamos convocar al ejército de Gurtam. Nos harán falta arqueros.

-          - Amila – Dijo acariciando la suave melena de la joven y bella diosa – Nunca he subestimado tus consejos, todas tus tácticas de guerra son impresionantes. Pero no olvides que los elfos de Jeladhil estarán en el frente.

-          - Sabes que son muy impulsivos, acabarán a espadazos como todos los demás. – En la voz se le notaba un poco tensa.

-          - ¡Amila! ¡Ya basta! – Regañó Marskim, que se hallaba a escasos metros de la pareja – Arkamt, déjeme tener el ejército preparado, son muy hábiles también en el arte del sigilo, los mantendremos ocultos en el bosque hasta que hagan falta. No dudaré de Klaine, se que los comandará bien.

-          - Está bien. – Aprobó el último descendiente de los Marendher – Un comodín en la batalla no nos vendrá mal. Pero recuerda, que Gurtam no ataque hasta oír mi señal.

 

Para los ojos de Beram, el Haist ahora se había vuelto un lugar confortable, como cuando de niño paseaba por las llanuras de Exmnat, con su abundante vegetación, y sus grandiosos verdes prados. Zalem caminaba ausente a su lado. Se hallaba pensando en cómo convencer a Beram de unirse a Anny. Con el entrenamiento adecuado, que poco le hacía falta, iba a ser un guerrero imparable, difícil de abatir por un mortal.

Después de caminar varias horas en silencio, Beram se atrevió a preguntar:

 

-          - ¿Dónde nos dirigimos exactamente? – El dolor ya prácticamente había remitido

-          - A la fortaleza de Razfram. No olvides guardar tus modales ante él.

-          - Y si no los guardo, ¿qué me hará?

-        - Digamos que para él, todos somos prescindibles. Únicamente nos necesita para intermediar con los humanos.

-          - ¿No puede él directamente?

-          - ¿Ahora te comportas también como un bufón? ¿No sabes que los dioses tienen prohibido el contacto con cualquier ser humano? Si se produjese tal hecho, el caos no dudaría en eliminarlo.

-          - Pero tú eres un dios. ¿Por qué no te ha eliminado a ti?

-          - Porque, no soy exactamente un dios.

-          - ¿Qué quieres decir?

 

Zalem guardó, silencio. Nadie conocía la historia de Zalem. Ni de cómo llegó a ser un dios ni de porque el caos no gobernaba sobre él. Muchas eran las historias que se contaban de ese fornido guerrero, y no eran menos impresionantes que los desastres que llegó a ocasionar en el pasado. Beram poco sabía de él, pero algo le hizo callar y no seguir preguntando.

Caminaron por un estrecho paso que se alzaba cientos de metros del suelo, la arena rojiza que cubría el suelo, contenía un grabado en un idioma ilegible para el paladín. Parecían representar alguna batalla sangrienta, sucedida hacia miles de años. Conforme iban llegando al final del paso, Beram podía sentir como las almas que merodeaban el lugar le acariciaban suavemente la cara, como si nunca hubiesen visto un ser de carne y hueso; cada roce le provocaba un escalofrío que recorría todo su cuerpo e invadía su mente con recuerdos pasados que él no había vivido. Al final del estrecho camino, se alzaba una gran puerta, similar al portón por el que habían llegado al Haist que daba paso a un extenso valle. En la entrada, dos orcos negros mantenían la guardia.

 

-          - El guerrero no puede pasar. Ordenes de Razfram. – Adelantó uno de los dos orcos, parecía el más veterano.

-          - El guerrero viene conmigo, entrará. – Argumentó Zalem.

-          - Razfram no quiere que nadie ajeno a estas tierras se adentre en el reino. No entrará.

-          - ¡Tú! – Zalem agarró por el cuello al orco. En sus ojos podía verse la cólera que invadía su cuerpo, pues sus ojos centelleaban con una luz roja. – ¡Como te atreves a negarme una petición! ¡Si yo digo que el guerrero entra, el guerrero entra! ¡¿Entendido?!– La presión sobre el cuello del orco aumentó y se pudo escuchar el crujido de los huesos.

-          - Está… bien… - Zalem lo tiró al suelo. – Podrá entrar, pero te dejo la responsabilidad de lo que pueda ocurrir a ti sólo.

 

La gran puerta comenzó a emitir un desagradable sonido que hacía eco en la distancia. Las almas gritaban de dolor con el sonido de las grandes bisagras. Dejaban en evidencia el hecho de que cada vez que se abría el portón, algo desagradable les iba a suceder. Vivian en una tortura eterna.

Atravesando la entrada, Beram se asombró, pues el gran valle que se veía desde fuera de la puerta, no era más que un hechizo de ilusión que ocultaba la muralla de la gran ciudad. Al oeste de la entrada, había lo que a simple vista parecía un campo de entrenamiento, en el que guerreros y arqueros oscuros, practicaban su oficio con esclavos vivos. Estos soldados presentaban un aspecto parecido al de Beram, por lo que, dedujo, ellos también habían decidido unirse a las fuerzas oscuras. En el ala este de la entrada, diversos herreros trabajaban sin parar forjando espadas, flechas de hierro, mandobles, lanzas, y todo tipo de armas que el mundo conocido poseía. Detrás de estos, estaban unos altos comandantes, que no dudaban en castigar a su herrero si este no hacía correctamente su trabajo. Al alzar la mirada al norte, Beram observó que el resto era como una ciudad después de un asalto, sumida en una guerra constante consigo misma. Los colores rojo fuego y negro hollín, inundaban la ciudad. Las casas, medio derruidas, decoraban aún más el paisaje con un aire siniestro que iba acompañado de un olor desagradable a carne quemada. Al fondo se elevaba una colina en la que en la cima, se erigía un gran castillo.

-          - ¿Ves esa gran fortaleza? – Preguntó con una extraña amabilidad Zalem – Es el castillo de Razfram. Ahí es donde vamos a ir.

-          - ¿Por qué me llevas a él? Creía que me ibas a ayudar para luchar contra Lady Anny.

-          - Y esa es mi misión. Es Razfram quién te proporcionará el equipamiento que te prometí.

Lady Anny se hallaba sentada en el trono, junto a Razfram en la sala real del castillo. Ambos se encontraban debatiendo sobre el siguiente movimiento a realizar. La sala era bastante amplia, con dos tronos en el centro de la misma, estaba rodeada de grandes bancos en los que se sentaban los ancianos que aconsejaban al Dios Oscuro. La entrada estaba guiada por unas alfombras rojas que se dirigían cada una, a un lugar especifico de la sala. Las piedras que sostenían las paredes del castillo eran de un color negruzco; no dejaban lugar a duda que procedían del volcán que supuraba las malas acciones y pensamientos de la gente de Noah, pensamientos que mantenían el Haist con vida. Delante de los señores oscuros, el suelo se había deformado haciendo aparecer el mapa de Anaroth. Sobre él, Lady Anny había trazado una ruta por la que debían seguir sus ejércitos para invadir Shaggard.

-          - Zalem estará al llegar. ¿Tienes ya la armadura Zaght encantada? – Preguntó Anny

-          - Sí, y ya le han acabado de forjar “el arma”. Estoy convencido de que nos será de gran utilidad.

-          - ¿Y qué hay de sus deseos? Se supone que se le tienen que cumplir.

-          - No te preocupes, una vez esté bajo el hechizo, no podrá recordarlos.

Las risas de ambos hicieron largo eco en la sala. Días antes, Razfram había mandado construir una armadura capaz de soportar cualquier golpe, incluyendo los de los cañones de los enanos, para el nuevo enviado oscuro. Este iba a ser Beram, dado el nuevo poder de Zalem, nadie dudó que acabaría convenciéndolo. Para poder dominar a Beram perfectamente, la armadura fue hechizada con un maleficio que hacía que la persona que portaba la armadura, se convirtiese en una especie de marioneta; el cual obedecía cualquier orden que se le mandaba sin rechistar. Beram iba a ser, más o menos, como un trasgo para ellos pero con una fuerza insuperable.

El portón de entrada a la fortaleza se alzaba con más de tres metros de altura, estaba fabricado con listones de madera encallados unos con los otros con remaches de hierro derretido y unas especies de clavos, forjados con un metal parecido al que se utilizaban en las armas del Haist. Beram observo unas marcas que se extendían a lo largo del arco que sostenía el portón:

-          - Zalem, ¿que significan esas marcas?

-          - Están escritas en el idioma de los Dioses. Lo que hay en el marco no son más que todas las dinastías que ha habido en el Haist, y algunas de las hazañas que han conseguido realizar los Dioses Supremos de la Oscuridad. No le des más importancia. – Zalem cerró los ojos y puso su mano sobre el portón. – “Ikarik, eik-du ju aspalam” – Dijo en el idioma de los dioses. Acto seguido el portón se abrío. – Vamos pasa conmigo.

La ciudadela era aún más lúgubre de lo que habían visto hasta el momento. Centenares de cuerpos descompuestos se postraban en pequeños montículos a lo largo de todo la plaza principal.  En ella se encontraban varios guerreros; cuyas armaduras parecían mucho más trabajadas que la de los anteriores soldados que habían visto practicando momentos antes. Beram se fijo en una que le llamaba enormemente la atención; dado su color negruzco, dedujo que estaba forjada con ébano,  Tenía ciertas marcas que le recordaban familiares. Había grabado un frondoso bosque a lo largo de las grebas de la armadura, así como un imperioso dragón que alzaba el vuelo sobre un pequeño poblado grabado en la coraza..."


Ángel

2 comentarios:

Laura dijo...

no lo pienso leer, que ya lo he hecho muchas veces =P

Santi dijo...

Desde el principio me sorprendio tu capacidad para describir los entornos y las situaciones. Es un don que yo no tengo dada mi practicamente nula capacidad para describir (y narrar xD). Ademas, creo que mi cabeza funciona a un nivel demasiado global y acabo dando por hecho cosas que no siempre se han descrito, de ahi tambien mi mania por hacer las cosas sin seguir ningun orden, siempre da pie a las explicaciones en un momento pasado, pese a que todavia no existan.

Obviamente tienes mi consentimiento para poner cualquier cosa de las que he escrito aqui. No tengo ningun tipo de problema, asi tambien ya lo ira disfrutando la gente.